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La disputa por la hegemonía en tiempos pandémicos (II)

  • Sandra Vanina Celis
  • 8 feb 2021
  • 7 Min. de lectura


La pandemia y la disputa por el Estado


Una de las cosas que la pandemia ha develado (arrojando cada vez más pistas al respecto) es que la globalización neoliberal conduce al desastre. En el mismo tenor ha develado que el Estado, pese a su dimensión contradictoria, es necesario ante la debacle global.


Tal como sucedió a inicios de este siglo —cuando se abría el Ciclo de Impugnación al Neoliberalismo en América Latina—, y en tanto “lugar de concentración de poder, arena privilegiada de disputas y territorio de luchas y construcción de hegemonía y contra-hegemonía” (Ouviña y Thwaites Rey, 2019) la “cuestión del Estado” vuelve a primer plano con la pandemia. Para diversos grupos subalternos se ha ratificado la necesidad de luchar por la democratización del Estado, toda vez que en éste se despliegan “mecanismos de resistencia a los aspectos más perversos del capital para la vida de los pueblos” (Ouviña y Thwaites Rey, 2019), como lo puede ser un virus magnificado por la racionalidad productiva y mercantil capitalista. Así, podemos decir que en América Latina estamos entrando en un nuevo ciclo en la lucha de clases, donde lo que parecía obvio (que “Fue el Estado”, por ejemplo), entra en tensión con nuevos paradigmas (el de un gobierno de AMLO en el caso de México) y con las necesidades que devela la pandemia (las de una gestión social del Estado).


Sin embargo, y para que esta lucha no se reduzca a sus posibilidades en el marco social vigente, es menester cuestionar no sólo a la globalización y a sus ideales de progreso, sino también al imperialismo y al neocolonialismo. Esto supone que nos movamos en diversos grados de la lucha de clases actual y en sus contradicciones, siendo la primera de éstas aquella entre el imperialismo y la nación. Sabido es que ningún movimiento social puede abanderar por sí mismo un proyecto de nación, sino que éste sólo existe ahí donde se hilvanan las diversas perspectivas y donde los más diversos intereses son capaces de caminar juntos en la construcción de tal proyecto. En la disputa por el Estado, que esta pandemia ha demostrado insoslayable, lograr un entramado social de naturaleza ondulante pero firme (algo así como una bandera) es una tarea política de primer orden. En otras palabras: resolver esta contradicción en favor de la nación sólo será posible si enarbolamos un proyecto nacional en el cual podamos reunir e impulsar los proyectos populares que el neoliberalismo ha intentado desbaratar al imponer los ideales de la globalización y su utopía multicultural.


No obstante, este primer nivel de contradicción es irresoluble si abandonamos o damos por hecha la contradicción capital-trabajo. En nuestro continente esta contradicción nos coloca ante la necesidad de luchar por una redistribución justa de la riqueza y por conquistar todos los derechos sociales posibles en el marco social vigente y al seno de cada nación, con la perspectiva de superar en algún momento la relación social capitalista. En ese sentido (y pensando nuevamente en clave de la disputa estatal) es fundamental tener claridad sobre cuál es la conformación productiva del Estado y cuáles los alcances y límites que ésta supone para cada gobierno, de manera que podamos entender hasta dónde es posible apoyarlo y en dónde los poderes del capital transnacional ponen un “hasta aquí” a los procesos alternativos y a sus objetivos más emancipatorios, mismos que sólo son superables atendiendo la ya mencionada contradicción imperialismo-nación.


En este sentido, la creciente conciencia sobre la importancia de disputar el Estado es clave para que diversos grupos subalternos podamos empujar más allá las transformaciones propuestas por gobiernos de centro-izquierda y de izquierda, llevándolos a un cuestionamiento mucho más radical de las relaciones sociales de producción que trascienda la epidermis capitalista. Esto entraña una ampliación democrática de más hondo calado que sea capaz de incluir en la disputa por el Estado a otros sectores que luchan por otros intereses e identidades, y que actualmente no son representados o que son de plano excluidos (entre ellos los defensores de la tierra, los indígenas y algunos sectores feministas).


Aunque este es un balance que busca atender a la coyuntura global, el México de la 4T nos puede servir como ejemplo de lo que comporta lo dicho hasta aquí. Y es que creemos que en México todo lo anterior supone cuestionar la conformación productiva basada en el petróleo —un combustible cada vez más escaso—, así como la pretensión de renovar a una empresa productiva que el neoliberalismo dejó agonizante y que forma parte de un modelo de acumulación cuyo esplendor ya pasó. También supone cuestionar la insistencia en la construcción de megaproyectos como el Tren Maya y el Corredor Transístmico, que lejos de cuestionar al progreso capitalista lo reafirman. Y es que se trata de apuestas neodesarrollistas que, de no sustentarse en un profundo proceso de democratización y de consecuente participación popular (lo que supone, entre otras cosas, la nacionalización de los recursos estratégicos), podrían hacer a la 4T perder el apoyo mayoritario con el que hoy cuenta. Esto la haría frágil a los embates restauradores de la derecha, la cual se encuentra colisionada en los gobiernos estatales de oposición así como en sectores empresariales y en sectores religiosos de ultraderecha, mismos que rápidamente pueden erosionar todo lo conquistado. Es ante todo por eso que el fortalecimiento del mercado interno en México necesita sostenerse sobre más de un pilar, pues sólo así se podrá evitar caer en el error de los progresismos latinoamericanos, los cuales tendieron a confiar todo su proyecto político a una coyuntura económica. Pero más importante aún: para que este fortalecimiento múltiple del mercado interno se traduzca en soberanía nacional y no en lo opuesto (neocolonialismo) tiene que haber un correlativo fortalecimiento de los movimientos sociales y una incorporación efectiva de los sectores populares al proceso de gestión de dichos proyectos, particularmente en aquellos territorios directamente afectados por los megaproyectos. De lo contrario, éstas serán apuestas perdidas de antemano que, más temprano que tarde, serán aprovechadas por ciertos sectores de la oligarquía nacional, de la burguesía autóctona y, peor aún: por la burguesía transnacional imperialista. Sobra decir que ciertos progresismos pueden fungir como ejemplo de lo que pasa cuando se pasiviza a los sectores subalternos y se prioriza sólo la política desde el Estado. Lo mismo podría pasar en México, y es algo que una crítica bien apuntada puede evitar.


Hasta aquí hemos intentado poner sobre la mesa por qué la cuestión del Estado está en el centro de la disputa y en qué sentido resolver la contradicción imperialismo-nación es la tarea política de primer orden. Esto supone a su vez repensar de qué manera lidiar con la contradicción capital-trabajo al seno de un proceso político como el que se vive actualmente en México, lo que no excluye, por cierto, la necesidad inminente de impulsar la cooperación continental para hacer frente al saqueo y al intervencionismo neocolonial en América Latina, y para fortalecer así todas las luchas que disputan al Estado en estos tiempos pandémicos. Tal es una cuestión de gran relevancia hacia la cual debemos orillar al proceso político que atravesamos en México cuidando, por supuesto, de que tales objetivos no se diluyan en internacionalismos abstractos. He ahí la importancia de apoyar críticamente a la 4T en tanto actual vanguardia de los procesos alternativos, pero también de develar sus errores y limitaciones; no para fortalecer a la oposición, sino para incentivar una mayor autonomía política y social de las bases que, justamente, tenga más herramientas para defender lo conquistado.


A propósito resta recalcar una diferencia notable respecto a esta nueva oleada de impugnación al neoliberalismo: y es que ni los movimientos sociales ni los partidos o gobiernos de izquierda son los únicos que la abanderan. Por sorprendente que parezca, el Consenso de Washington comienza a ser cuestionado incluso por sus principales defensores allá en las postrimerías del neoliberalismo, como lo es el Foro Económico Mundial, que pregona sobre la necesidad de superar esta fase del capitalismo a través de lo que llama el “Gran Reinicio”.


La pregunta entonces es: ¿qué significa hoy cuestionar al neoliberalismo? Para nosotros significa seguir disputando la incertidumbre con ideas-fuerza que combatan aquellos sentidos comunes que surgen de las supuestas “nuevas” certezas. Pero entonces surge otra pregunta: ¿cómo nuestras ideas-fuerza se pueden diferenciar de aquellos discursos que cooptan para sus intereses las perspectivas que otrora fueran tan radicales? Pues bien: ciertamente no existe una respuesta unívoca. Pero en tiempos donde está de moda hablar de la utopía y la mayoría de los intelectuales son incapaces de pensar en salidas concretas para problemas concretos, responder a esta inquietud es fundamental. Porque si disputamos los sentidos comunes no es para lucir nuestro intelecto, sino porque sabemos que un proyecto alternativo necesita bases objetivas; éstas, en las sabias palabras de Armando Bartra, no se conseguirán con maximalismos estériles, pero tampoco con inmediatismos miopes. Queda aceptar, pues, que estamos situados en un momento histórico donde construir alternativas es tanto más difícil cuanto se trata de una tarea que exige previsión, la cual se basa en la experiencia del presente. Pero, si nuestro presente es uno que ya no queremos experimentar, no cabe duda de que estamos en problemas. No por nada la promesa del progreso (en el caso del capitalismo) o de la utopía (en el caso de los intelectuales) es lo único reconfortante.

Quizá la clave se encuentre en repensar los tiempos de la lucha. ¿Qué tanto es cierto que el presente es de lucha y el futuro es nuestro? Puede que sea cierto si la lucha nos hace auténticamente felices, como al Che Guevara. Pero vale la pena precisar: si luchamos no es para ser los mártires del futuro, sino para ser felices en el tiempo del ahora. Es así que nuestros planteamientos sólo se podrán diferenciar realmente de los de nuestros adversarios si nos atrevemos no sólo a disputar el Estado, sino también a disputar la felicidad (incluso a resignificarla) sin que eso conlleve diluir nuestras luchas en idealismos ni romanticismos individualistas.


Esta idea será la que guíe en gran parte la tercera y última parte de estas reflexiones. Aquí pueden ver la primera parte.


 
 
 

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