¿Para qué pagar el muro fronterizo si nosotros #SomosElMuro?
- Sandra Vanina Celis
- 18 nov 2018
- 4 Min. de lectura
Una pertinente reflexión artística que invita a vernos en un espejo y a repensar cómo dar salida al problema de la confrontación entre clases populares.

La construcción del muro fronterizo entre Estados Unidos y México ha sido una american fantasy desde la administración de Bill Clinton. Fue entonces cuando comenzó un programa de lucha contra la inmigración que desplegó tres operaciones, y que se justificaba en la necesidad de impedir el paso a drogas ilegales provenientes del sur. Desde entonces, las políticas migratorias en la frontera, y las vallas erigidas en sus más de 3 mil kilómetros, han ocasionado la muerte de más de 10 mil migrantes.
Pero una de las promesas de campaña de Donald Trump revivió la idea de construir el masivo muro fronterizo para sustituir las actuales vallas metálicas y alambrados, sobre todo en las zonas más vulnerables a “la invasión” de los migrantes, como lo es California (donde, por cierto, en octubre de este año comenzó la construcción del primer tramo del muro de Trump). La iniciativa despertó desde un principio el repudio en amplios sectores de la sociedad mexicana: incluso el Estado, en plena crisis de legitimidad, tuvo que mostrar su rechazo. Más que nada porque Trump, al borde de lo insólito, exigió que el muro, de 25 mil millones de dólares, fuera pagado por México.
Paradójicamente la indignación hacia Trump ha sido reemplazada por la indignación hacia los migrantes de la caravana de hondureños, quienes irrumpieron en la frontera mexicana con Guatemala recientemente. Desde el arribo de la primera caravana el miedo se ha mezclado con el odio. El racismo y la xenofobia han aflorado en el discurso cotidiano de la gente, visible sobre todo en redes sociales. Miles de personas se han pronunciado contra los migrantes e incluso contra las iniciativas de apoyo a los hondureños.
Eso nos hace preguntarnos… ¿son los muros sólo de concreto, o también de carne y hueso?

En 2017 un grupo de artistas y activistas hicieron una iniciativa ficticia llamada #SomosElMuro, en la cual miles de mexicanos unían fuerza contra los migrantes. Su consigna era: ¿para qué pagar el muro si nosotros podemos ser el muro? A través de actos cotidianos la supuesta iniciativa ciudadana promovía formas de “hacer la diferencia” ante los migrantes. Por ejemplo, no atenderlos, no emplearlos y denunciarlos, como una forma de aislarlos paulatinamente. Algo así como las campañas que hace unos años se veían en el metro de la Ciudad de México y que llamaban a la gente a no comprarle a los vagoneros “para que desaparecieran”, en lo que sería un acto de prestidigitación que eliminaría a esos molestos trabajadores informales.
Es precisamente ese terrible parecido con la realidad que hace del performance de #SomosElMuro una especie de presagio aterrador. Porque con las actitudes de odio hacia lo diferente y de pánico hacia los pobres que ha destapado la caravana migrante de Honduras, –y también, dicho sea de paso, la consulta por el aeropuerto–, es evidente que miles de personas en México son una suerte de muro simbólico. Un símbolo de la reacción, de la moral más conservadora y neoliberal, que se erige contra lo poco que nos queda de humanidad. Un muro que simboliza a una reacción que, por ahora, sigue siendo relativamente pasiva, pero que podría volverse en poco tiempo una reacción activa. Existe la posibilidad de que esos sectores que hoy han mostrado tanto racismo, xenofobia y pánico a la participación popular sean los primeros en unirse a la oposición de derecha más radical, que aprovechará todo descontento social para crecer.
No debemos darles ni un ápice de espacio.
Por eso, lo que hicieron los artistas detrás de la iniciativa #SomosElMuro, jugando con una metáfora satírica, debe servirnos como plataforma cultural de denuncia. Porque es una invitación a que la sociedad se vea en un espejo: un llamado de empatía para visibilizar que el problema de la migración es complejo y contradictorio. Y que a veces podemos convertirnos en algo que dijimos odiar.
La izquierda independiente debe hacer un poco lo mismo, pero promoviendo por sobre todo la solidaridad de clase en un sentido amplio. Esto implica hacer frente, con toda nuestra creatividad, a los prejuicios y la desinformación que están siendo el germen del racismo, la xenofobia y la discriminación entre las clases populares ―actitudes que de por sí persisten en México, como no podía ser de otro modo cuando distintas culturas convergen en el capitalismo globalizado. Es necesario educar nuevos sentidos comunes sobre lo que es la identidad y la pertenencia, que no impliquen una falsa tolerancia construida sobre la real desigualdad, pero tampoco un incesante antagonismo promovido por un irracional miedo a lo otro, al foráneo migrante y prieto ―que no turista caucásico―, quien es promovido en los medios como “el enemigo” (lo que se exacerbó, como es bien sabido, desde el 11 de septiembre de 2001).
Lo principal es dar salida a la confrontación de clases populares entre sí: a la guerra de pobres contra pobres que sólo beneficiará al capital financiero trasnacional, empoderará a las clases dominantes más autoritarias y mermará toda posibilidad de transformar nuestra realidad.
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