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Odio a la indiferencia periodística (la guerra mediática en México)

  • Sandra Vanina Celis
  • 19 ago 2019
  • 6 Min. de lectura

Nos encontramos en medio de una disputa por cómo se produce, se difunde y se consume la información. ¿Seguirán los periodistas siendo indiferentes a ella?

El México profundo es como un secreto a voces: todos sabemos lo que pasa en él pero nadie ―o muy pocos― se atreve a decirlo en voz alta. Asesinatos, torturas, desapariciones y tráfico de todo lo que sea traficable: tal es la cotidianidad del México marginado que muchos de nosotros conocemos. Pero no necesariamente por haberlo vivido en carne propia ―o por lo menos no en toda su atroz magnitud―, sino porque lo leemos en periódicos impresos o en portales digitales de noticias; lo vemos en ciertos canales de televisión o lo escuchamos en la radio.

Esto es gracias a la tarea de investigación y difusión de muchos periodistas críticos y comprometidos, entre los cuales se encuentran decenas de mujeres. Y por supuesto, el trabajo de medios libres y comunitarios cuyos periodistas, investigadores y locutores independientes han permitido a amplias capas de la población el conocer más sobre el México movilizado y combativo.

Sin embargo, y aunque sobran ejemplos de periodismo crítico ―que también nos ha heredado publicaciones clave para la politización de amplios sectores de la población―, lo cierto es que décadas de corrupción y precarización ―como ocurrió en la agencia del Estado, Notimex― banalizaron el oficio periodístico, reduciéndolo a un estado de competencia salvaje que ha sustituido los principios éticos que, se supone, deberían guiarlo. El peor correlato de esto en el gremio es que ahí donde debería haber memoria por los periodistas muertos, indignación ante la impunidad y exigencias de justicia, no queda más que individualismo, mezquindad e indiferencia.

Pero nada de esto se puede explicar sólo como simple negocio o afán de lucro. Lo cierto es que esta descomposición al interior de la prensa ha sido promovida fundamentalmente desde el Estado a través de múltiples mecanismos, uno de ellos crucial para el neoliberalismo en México: el chayote. Es a través de éste como la clase política ha logrado ostentar para sí el monopolio de la verdad y, con ello, un relativo control sobre lo que las clases populares piensan, creen y opinan. Es a ellos a quienes han respondido gran parte de los periodistas “chayoteros”, que han ayudado durante décadas a la clase política ―cuya deslegitimidad iba en galopante ascenso desde la década de los 60―, a conservar el poder. Es así que, a falta de una capacidad real para generar hegemonía, la clase política aseguró su dominio a través del control de la prensa y los medios de comunicación masiva.

El chayote, que data ni más ni menos que del sexenio de Díaz Ordaz, es así una de las pruebas irrefutables de que el neoliberalismo no es el “adelgazamiento del Estado”, sino un sistema de dominación que echó mano de mecanismos de gestión de la crisis que implicaban el acuerdo entre los políticos neoliberales y los capitalistas trasnacionales. Éstos proporcionaban, entre otras cosas, los recursos para comprar a la prensa y para pagar los sobornos de quienes desinformaban o informaban mal. De esta historia las figuras más visibles pertenecen a la comentocracia: los intelectuales orgánicos del neoliberalismo. Una élite periodística que dominaba las pantallas, a la que el #YoSoy132 cuestionó abiertamente y que hoy está deslegitimada.

No obstante, hay muchos otros eslabones en la cadena mediática, y los propios periodistas pueden ocupar diversas posiciones al interior de la prensa. La mayoría ni siquiera corresponde a la élite: son, más bien, precarios trabajadores de las agencias de noticias. Pero han respondido a las necesidades de la comentocracia y la clase política, directa o indirectamente, desde hace mucho: ya sea militando para su causa o solapando la podredumbre al interior de diversos medios. Una vez más Notimex es un claro ejemplo, pues ahí el sindicato se encontraba completamente cooptado por intereses políticos ajenos a la causa de una prensa democrática sin que los periodistas lo denunciaran. Este y otros muchos casos ponen de manifiesto cuán indiferente ha sido el periodismo en los últimos años.

La guerra mediática

Esto es algo que debe interpelar directamente a los periodistas de los medios masivos, pues ellos ostentan un poder que la mayoría de sectores de la sociedad civil ni siquiera imagina. El escándalo de Watergate es quizá el hecho histórico que mejor lo demuestra: detrás de dicha polémica estaban dos tercos periodistas del Washington Post, quienes provocaron un tsunami político que culminó con la primera dimisión de un presidente en la historia de Estados Unidos ―quien había logrado esquivar la destitución incluso tras los infames bombardeos a Vietnam. Este suceso marcó un antes y un después en la relación entre la clase política y los medios de comunicación masiva, pues mostró que el control de la prensa y los medios es fundamental para la concentración de poder en el aparato estatal. En México, dicho control se volvió una práctica sistemática de Estado, como el mencionado chayote.

En ese sentido, la guerra mediática no tenía antes las dimensiones que hoy tiene. Eso se debe en gran parte a que las mayorías eran analfabetas, lo que las expulsaba de facto del circuito de información. Por eso, como explica Friedrich Katz, los corridos eran fundamentales en tiempos revolucionarios: era a través de estos que las clases populares podían informarse y formarse. Pero cuando los procesos de ampliación educativa permitieron a más personas acceder al circuito de información, y cuando comenzaron a brotar publicaciones abiertamente de izquierda ―como Regeneración, de los hermanos Flores Magón― es cuando se hizo necesaria la censura y la represión. No es sino hasta el neoliberalismo que prácticas como el chayote hicieron su aparición, conviviendo, por supuesto, con aquellos mecanismos coercitivos de control cuyo peor saldo hoy es el gran número de periodistas asesinados en el país ―y que sigue en aumento.

Es decir que la difusión de información y de conocimiento no siempre ha estado en disputa tal como lo está en la actualidad. Ahora nos movemos en coordinadas inéditas que, por supuesto, requieren de un análisis mucho más profundo. Pero antes debe quedar claro que aquí no se trata sólo de una “batalla por las ideas” o “por las conciencias” en un sentido vulgar. Se trata fundamentalmente de la disputa ideológica por la producción de saberes (o no saberes, para el caso) que son difundidos por los periodistas y la prensa en forma de contenidos informativos, y cuyo consumo en la esfera de la sociedad civil reconfigura incesantemente las coordenadas de la lucha política nacional. De ahí su monopolización por parte de las clases políticas pues, como vimos, una sola noticia puede desestabilizar a todo un gobierno ―o bien asegurar su posición hegemónica. Hay que decir, no obstante, que es una relación más compleja aún, pues los “consumidores” de información pueden ser productores o difusores y los “productores” también consumen información.

Por eso aquí hablamos de disputa, y no de manipulación, brainwash o cualesquiera otros términos que conciben al circuito de información de forma instrumentalista o mecánica. Por eso aquí hablamos de la democratización de la información y de la necesidad apremiante de que los periodistas y la prensa se conciban a sí mismos, en procesos como el que vivimos hoy en México, como algo más que pasivos espectadores de lo que la información que difunden provoca en la sociedad ―como quien tira la piedra y esconde la mano. Es necesario que asuman que su profesión está en medio de la refriega y que no hay lugar para la indiferencia. Ni tampoco para la idolatría a los tótems de la neutralidad ideológica y la libertad de prensa, que no son sino fetiches en el marco de las relaciones sociales neoliberales sostenidas sobre desigualdad, violencia e injusticia exacerbadas. Aquí se trata de la libertad política que los periodistas, también golpeados por el sistema neoliberal, deben de tener para tomar postura y defenderla. Con rigor y con objetividad: lo que el asumirse un sujeto político no anula sino, al contrario, potencia, pues sólo así la información puede dejar de ser la mercancía de los capitalistas ―y los medios de comunicación el mecanismo de gestión de la crisis de la clase política―, para convertirse en instrumento de transformación social.

Sólo así podremos realmente defender la verdad: no la despreciable “verdad histórica”, sino esa que, como Gramsci se empecinaba en recordar a sus camaradas, es siempre revolucionaria.

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