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Mano de obra: una película obradorista

  • Eduardo Zenteno
  • 7 feb 2021
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 9 feb 2021



Mano de obra es la opera prima del productor David Zonana, estrenada en octubre de 2020, casi a la par de otro largometraje que podría ser su primo: Nuevo orden. Ambas películas fueron producidas por la casa productora de Michel Franco, Teorema, pero no es su origen el único que las emparenta; las dos películas son ficciones verosímiles sobre los contrastes de las clases sociales. Ambas comienzan con una casa ubicada en alguna de las zonas más pudientes de las Ciudad de México y, aunque con ritmos distintos, ambas plantean su conflicto inicial en los primeros minutos: la irrupción de algo inesperado que revela que la historia de los ricos o de los trabajadores no puede ser contada sin su contraparte y que su relación no es la de un correlato armonioso.


Nuevo orden tuvo más repercusión mediática, fue más criticada y más reconocida. Ya le daremos un espacio, pero ahora lo que nos interesa es atender lo que le da título a este artículo. No es ningún secreto que la primera parte de la trama va sobre la muerte por accidente laboral de Claudio, quien cae de espaldas hasta la planta baja del cantonsote lujoso que construía con sus otros compañeros albañiles. Francisco, su hermano, buscará que se indemnice a su cuñada, que el dueño de la casa pague y que sus superiores de la obra intervengan para conseguirlo. Si esta es la problemática es, por supuesto, porque no será cosa fácil. A continuación comienzan los spoilers de la película por lo que recomendamos parar si no la has visto y verla antes de continuar.


Advertencia hecha, estamos frente a una de las mejores películas mexicanas que se hicieron el año pasado. En ella se desarrolla un problema particular para hablar indirectamente de una realidad general. Hay una elección por no jugar al indeterminado, de no hacer como si los hechos ocurrieran en “cualquier lugar”: la historia se sitúan en la alcaldía Álvaro Obregón, zona de contrastes donde coexisten las mansiones de las familias más adineradas del país (Pedregal de San Ángel), un pueblo que constantemente vive escasez y enfrentamientos por el agua (San Bartolo Ameyalco), además de la bipolar Santa Fe, dividida, en sus zonas residencial y popular, por un muro.


Al decir que estos lugares coexisten no nos referimos sólo a que son lugares diferentes de la misma alcaldía, sino que son espacios diferenciados en los que se articulan relaciones sociales atravesadas por las diferencias de clase: los trabajadores conviven todos los días con los ricos. No en condiciones de igualdad, sino de subalternidad, como otra clase de sujetos. Sus posiciones y posesiones les dan diferentes formas de afrontar situaciones semejantes, así, unos se transportan bajo la lluvia cubiertos por bolsas de plástico cortada y otros en automóviles de lujo. Unos esperan una consulta burocrática para entender los resultados de una autopsia, mientras otros pueden dirigirse e influir directamente sobre el veredicto del forense. Unos ven a los otros como sus patrones, otros como sus empleados. Incluso si son los desposeídos los que construyen las grandes mansiones (como es el caso de la película) o si es de las zonas pobres de donde extraen el agua para llevarla a disposición de los ricos (como pasó en San Bartolo Ameyalco, en 2014).


La película no se limita a exponer este conflicto, por lo que luego de retratarlo presenta una segunda trama que consiste en que Francisco encuentra la posibilidad de apropiarse de la casa que construyó junto con resto de los albañiles. Representando casi un proceso de justicia divina a la vez que un nuevo momento de disputa para nuestros protagonistas.


Hasta aquí podría parecer que es el lema de “primero los pobres” lo que hace obradorista a esta película, pero no. En realidad el rasgo común es que identifican un mal que permea trágicamente a todo nuestro país: la corrupción. La ejercía el capataz que no pagaba los sueldos completos; la padece el médico que, para que el dueño de la casa no se responsabilice, reporta que Claudio murió por tomar en el trabajo; la encarna también el abogado con el asunto de las escrituras y, finalmente, permea la trayectoria de Francisco que desciende hasta corromperse, pasando de ser un compañero desprendido y solidario para convertirse en alguien avaro y rencoroso, consecuencia del nuevo tipo de poder que consiguió con la casa y que equivalía a transformarse en un sujeto del otro tipo, del de los propietarios ricos: que consigue dinero por vender lo que allí había (sin trabajar), aprovechando su llegada adelantada para quedarse con la habitación más grande y con más lujos (estatus).


Sin duda Mano de obra es una ágil denuncia, aunque cargada del pesimismo que hace a su final desolador. Contrario al discurso presidencial, que aboga por la buena voluntad de los sujetos para mejorar al sistema y limpiarlo de corrupción. Equiparemos ambos proyectos más: la 4T y Mano de obra encuentran al menos un límite de su mensaje en la realidad de sus actores. Los no-actores de Mano de obra son albañiles fuera de pantalla, que potencialmente, tras su actuación en la película pueden llevar a sus espacios de trabajo discusiones sobre las injusticias que viven en su gremio. Abriendo el final y haciéndolo posiblemente menos pesimista. Menos alentador, en contraste a su discurso oficial, parece la insistencia del presidente del Morena por ganar el voto de mayorías apoyándose en partidos corruptos como el Encuentro Social y el Verde Ecologista.


Cerremos llamando a que la película no nos lleve a concluir que toda posición de poder corrompe por default, porque eso nos llevaría a un derrotismo estéril. Aprendamos del proceso asambleario y de la toma de oportunidades de los albañiles, pero superémoslo porque podemos aspirar políticamente a más que una casa y desde proyectos que no sean sólo la aventura dadivosa de un sujeto.


 
 
 

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