Cuando la juventud mexicana conoció el rock
- Juan Manuel
- 17 nov 2018
- 3 Min. de lectura

De todos los géneros musicales el más transgresor es el rock: es contestatario, inmoral y rebelde. Estas características le han valido para ser censurado por la autoridad; porque son los jóvenes quienes encuentran en él un megáfono para expresar su descontento.
El rock fue influenciado por el folk y la Beat Generation de la década de los cincuenta. Para mediados de 1960 se identificaría como un género musical con ideología política antiautoritaria y liberal. Dos grandes exponentes de ese momento fueron Bob Dylan y The Beatles.
En México toda esa carga política-musical llegó golpeando a las estructuras de la sociedad. Los jóvenes de la época se identificaron inmediatamente con el rock: esto no le gustó a la autoridad. El entonces regente de la Ciudad de México, Ernesto Uruchurtu —conocido como “el Regente de Hierro”—aplicó una ley para tener control sobre los espectáculos presentados en la ciudad.
Con ello los conciertos de rock fueron prohibidos, pero no sólo eso: mientras se popularizaba el género entre la juventud la situación se agravó. Si eras joven serías perseguido. Aquella generación se enfrentó al autoritarismo del Estado y a una sociedad que la juzgaba de “vándalos buenos para nada” por sus ropas y por su discurso lleno de consignas de liberación.
Esa juventud observaba cómo se gestaban luchas por derechos civiles y protestas estudiantiles por todo el mundo. Así, en 1968 el movimiento estudiantil mexicano gritó que su realidad no estaba bien, que la libertad de expresión estaba acotada y que el gobierno no dialogaba, sino que monologaba con balas.
El movimiento estudiantil sufrió de un crimen de estado el 2 de octubre. Con este acto se quería erradicar la fuerza y las ideas del movimiento: no fue así. Varios grupos de jóvenes crearon organizaciones políticas por todo el país. Por otro lado, las ideas rebeldes fueron recogidas por la Onda Chicana, movimiento de grupos de rock que nació en el norte del país. Entre estas bandas estaban La Revolución de Emiliano Zapata, Los Dug Dug’s, Javier Bátiz y Three Souls in my Mind.
El siguiente sexenio, con Luis Echeverría, estaría repleto de un doble discurso: un día el presidente hablaba de apertura democrática y el otro mandaba a reprimir las manifestaciones. Su gobierno llevaría a cabo otra matanza de estudiantes el 10 de junio de 1971. Sin embargo, ese doble juego permitió que se realizara uno de los más emblemáticos festivales de rock en México: Avándaro, “el Woodstock mexicano”.
Avándaro fue la válvula de escape que los jóvenes necesitaban. Fue un festival de puro rock al que asistieron 200 mil personas y donde se presentaron todas las bandas de la Onda Chicana. La fiesta se llevó en paz: no hubo ningún incidente e incluso fue transmitido por radio. Pero el sensacionalismo periodístico se esmeró en manchar a Avándaro, contando que había sido más una suerte de orgía repleta de drogas que un festival musical. De esta forma, los medios abonaron para que el Estado aplicara la segunda época de censura al rock: más de 15 años de oscurantismo musical.
Sería hasta la década de los noventas que el rock lograría salir de los hoyos en donde andaba escondido. El descontento social en el sexenio del terror neoliberal de Salinas y el levantamiento del EZLN empujaron a la juventud noventera a canalizar su rabia una vez más a través del rock. Grupos como Maldita Vecindad, El Gran Silencio y Molotov mostraban en sus letras la cruda situación del momento.
Desde hace 50 años el rock ha acompañado en las buenas y en las malas a la juventud mexicana. Principalmente cuando se les trata de callar a ambos. Hoy no sólo hay una mayor libertad de expresión, sino que existe una amplia gama de géneros musicales los cuales los jóvenes adoptan para enunciar su enojo. Mas ya han pasado 20 años del resurgimiento del rock a la escena pública y se ha difuminado entre la sociedad, como si de nuevo estuviera censurado. Son pocas las bandas actuales que están diciendo que las cosas están mal. A quienes este género nos sigue encantando cabe preguntarnos en dónde podríamos hallar, como diría el poeta Juan Villoro, el soundtrack de nuestro descontento.
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