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Seguir amando en tiempos del fascismo: Antonio Gramsci

Sandra Vanina Celis

A través de su praxis, el filósofo italiano nos enseñó nuevas formas para amar.

Take care of things close to home first. Straighten up your room before you save the world. Then save the world.

Ron Padgett

El amor puede ser muy malvado. Y muy caótico. Por eso mismo lo necesitamos: porque es revolucionario, en el sentido más amplio del término. Destruye para construir: permite que lo nuevo nazca a partir de lo muerto.

Pero últimamente, amar y hacer la revolución (o revolución y hacer el amor) son dos procesos que se han banalizado. Quizá debido a que son demasiado complejos: a que están inmersos en contradicciones y desgarros de los cuales todos huimos sistemáticamente. Porque el amor y la revolución son difíciles de teorizar, pero más aún de llevar decididamente adelante, codo a codo, con el otro (o los otros).

Amar en tiempos, ya no de revolución, sino de intentos de revolución —inmersos en una profunda derrota—, es una especie de límite que, se pensaría, ningún espíritu puede alcanzar. Pero quien haya leído la correspondencia de Antonio Gramsci comprenderá que la vieja fórmula de amor y revolución es fundamental en la práctica política, y que puede tomar nuevas y portentosas fuerzas.

El amor —y creemos no arriesgar mucho al asegurarlo— subyacía a la propia praxis de este dirigente y filósofo. Las muchas bellas epístolas que escribió lo comprueban, con la torrencial sinceridad y ternura que las caracteriza. Las cartas de Gramsci son por ello un valioso agregado de su filosofía, y nos acercan al hombre y su historia; nos hacen tener un retrato fiel sobre cómo era ese Gramsci íntimo, a la vez que nos ayudan a comprender sobre qué piso cimentó su actividad política.

¿Qué más podría subyacer a su apasionado ímpetu, como dirigente, como pensador y como hombre, que un amor inenarrable? Pero ese amor fue distinto a muchos otros, y tan grande como desgarrador, porque Gramsci, al igual que nosotros —aunque en circunstancias concretamente distintas— vivió en tiempos de la derrota: en tiempos de horizontes desdibujados.

El amor que se deduce de la correspondencia de Antonio Gramsci es uno desgarrado por sus propias circunstancias, tanto las del hombre (poco agraciado) como las del mundo occidental (pronto a caer en el abismo del fascismo). Por eso, la única forma de desenvolverse del más auténtico amor en esos momentos de turbulenta crisis era en el desgarro; en la inviabilidad de practicar el cariño libremente y de manera presencial. Pero eso sí: con la convicción hasta la muerte de profesarlo cada día, aunque fuera en tinta, entre abrazos lejanos y conceptos cifrados.

Y así de fuerte fue también su convicción de seguir pensando la revolución, pese a todas las enfermedades que finalmente le mataron al salir de prisión. El móvil detrás de eso no era una terquedad taurina, sino un amor demasiado grande para un cuerpo tan pequeño. Un amor, además, necesario para no caer en la locura y para seguir pensando la revolución —dos procesos paralelos en Gramsci—.

“Tienes que escribírmelo todo, tienes que decirme todo lo que sientes para que yo tenga al menos la ilusión de tenerte cerca de mí.”

Julia, o Yulka, era la mujer a la que Gramsci diría esas palabras, y a quien le confesaría lo siguiente:

“Cuántas veces me he preguntado si era posible ligarse a una masa cuando no se había querido a nadie, ni siquiera a la propia familia, si era posible amar a una colectividad cuando no se había amado profundamente a criaturas humanas individuales. He pensado mucho en todo esto, y he vuelto a pensarlo durante esos días porque he pensado mucho en ti, que has entrado en mi vida y me has abierto el amor, me has dado lo que siempre me había faltado y me hacía a menudo malo y torvo. ”

Antes de conocer a Julia Schucht, quien le arrebataría irremediablemente una parte de sí mismo en Moscú, Gramsci ya era un comunista resuelto. De hecho, por eso la conoció. Y ello no hizo sino refrendar la voluntad militante del dirigente, no obstante que no renunciar al amor implicaría el sobrevivir a duras pruebas emocionales, quizás peores de lo que éstas serían sin conocer lo que siempre le había faltado. Pero insiste:

“¿No iba a tener eso un reflejo en mi vida de militante?, ¿no iba a esterilizar y reducir a mero hecho intelectual, a puro cálculo matemático, mi cualidad revolucionaria?”

Al respecto, dice Fernández Buey: “[…] ningún otro pensador revolucionario ha tratado de vincular tan estrechamente lo privado y lo público, lo personal y lo político, el amor y la actividad revolucionaria”. Un amor que no sólo iba dirigido a su esposa, sino que puede leerse también profundo y tierno cuando se dirige a sus hijos, Delio y Julián, a quienes nunca conoce.

Nos dice también del Buey que el cineasta Pier Paolo Pasolini expresó sobre Gramsci que “era un tímido al que la timidez empujaba a vivir siempre impersonalmente”. Nos hace pensar en ese mundo para el cual algunas personas hemos nacido muy temprano… o demasiado tarde.

“Es verdad que desde hace muchos, muchos años me he acostumbrado a pensar que existe una imposibilidad absoluta, casi fatal, para que yo pueda ser amado.”

Se trata del mundo que nos está vedado a los comunistas, a los rojillos guerrilleros, a los putos, a los enanos, a las mudas y a los anfibios que por estas aguas terribles no saben nadar, como el “activo” en la película Shape of Water. Porque el amor ha sido privatizado, y es sólo admisible a unos pocos que pueden darse el lujo de adquirirlo, o para quienes de plano lo fetichizan y lo realizan vendados de los ojos y del corazón, creyendo que están amando a través de los celos, de las mentiras y la deshonestidad. Pero Gramsci aceptó este sentimiento tal como se desenvuelve cuando se ama en tiempos de crisis: como un cúmulo de contradicciones y, en ocasiones, de dolores. Es un amor de batalla, que se realiza en condiciones adversas de perpetuo desgarro. Pero es a la vez un amor de poiesis: un acto de creación, el cultivo del alma que nos hace ser, y que en el caso de Gramsci (y de Julia Schucht) ayudó a alumbrar el camino de dos cerebros comunistas que pensaban demasiado y deambulaban perdidos emocionalmente.

Dice Julia a Antonio:

“Hay algo que me molesta, algo que es parte de mi, y ese algo es mi cerebro. No sé 'ser'; se ver, pensar, alguna veces sentir...”

Ese amor que practicaron es, adicionalmente, la poesía de la vida, y su pasión más allá de todo raciocinio. Porque la razón, en la militancia, es fundamental, pero no siempre determinante. Esta específica forma de amar, con todas sus contradicciones y dolores, es aun así la base de toda militancia revolucionaria, sin la cual el hecho político no sería sino vil cálculo.

En Gramsci, hay que añadir, el amor va acompañado de la inteligencia. Pero insistimos: no la inteligencia en un sentido de lo racional, sino de la inteligencia sensible. Esa que brinda una empatía como la que Gramsci mostró al ir más allá de su avidez intelectual al leer a Marx, y que lo llevó a convertirse en un militante de tiempo completo, entregado a la causa de la emancipación colectiva —aunque no hubiese aún conocido el amor individual—.

Como sea, parece que en los tiempos de la derrota (fascista o neoliberal) reivindicar el amor, por más que sea difícil y desgarrador —y que en ocasiones, paradójicamente, aísle a quien lo práctica—, es la única forma de expropiarlo: de desfetichizarlo en alguna medida, y de intentar darle la forma que en un futuro quisiéramos que tuviera. Porque todo amor debe ser también un experimento sobre el cual reinventar las formas en las cuales queremos relacionarnos en aquel otro mundo que construyamos, que estará cimentado sobre el cariño y la inteligencia sensible: sobre el ser poiético.

El amor, en Gramsci, se devela así como el piso mínimo indispensable para toda praxis revolucionaria.

*Referencias: Ferndández Buey, Francisco, Antonio Gramsci: Amor y revolución* (I), consultado en línea

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