Política migratoria y racismo en la 4T
- Sandra Vanina Celis
- 12 nov 2019
- 5 Min. de lectura

El racismo es un tipo específico de violencia que es producido desde el Estado. Sin esta producción es imposible entender la actual globalización neoliberal, cuyos procesos de acumulación y dominación necesitan de altas dosis de violencia para funcionar —porque ésta, tal como planteara Marx en El Capital, es una potencia económica.
Es por ello que este código es integrado y mantenido en el metabolismo social. Se presenta de manera encubierta, por ejemplo, en forma de un deber patriótico impostado o como abstractos deseos de paz, seguridad y estabilidad nacionales. Pero es necesario insistir, por ello, en que la producción de racismo se articula directamente con la homogeneización que implica el Estado nación: una homogeneización impuesta por las clases dominantes y en la cual, según Joachim Hirsch
"se asienta el tiempo "normal", la lengua común, la estandarización del modo de comportamiento y la uniformación social y cultural de los "ciudadanos". Esto se consuma en la delimitación hacia afuera, frente a lo extraño, y está por ello estructuralmente ligado con el racismo."
No puede existir, pues, la actual configuración global sin el componente del racismo. Lo que cabe preguntarse es por qué en este momento histórico las clases dominantes se han vuelto tan explícitamente racistas: ¿Por qué el racismo se ha vuelto una suerte de pedagogía de la violencia? La respuesta debe buscarse en la emergencia de una crisis política del capitalismo cuya gestión, a través del sistema neoliberal, presupone hacer un uso exacerbado de la violencia real y simbólica.
México y las caravanas migrantes
En México, no obstante, el discurso es distinto. Aquí se habla de apoyo hacia los migrantes, de tolerancia y de nuevas políticas de protección y trabajo, como aquella de las visas que fue propuesta por López Obrador. Sin embargo, (y más allá de toda buena voluntad), a la política migratoria actual no sólo le faltan recursos para ser, por lo menos, humanitaria, sino que en realidad promueve la exacerbación de la crisis migratoria a partir de la retención de los migrantes en la frontera sur. Dicha retención equivale a una forma de expulsión pasiva de los desplazados por la violencia en la región. Se hace evidente, así, que la buena voluntad del gobierno mexicano no puede vencer la inercia de las relaciones con Estados Unidos (EUA), que amenazó con elevar los aranceles un 80% si México no detenía el creciente flujo migratorio.
De ahí que la prioridad fuese el despliegue de 21 mil elementos de la Guardia Nacional: 15 mil en la frontera norte y 6 mil en la sur, encargados de mantener a raya a los migrantes. Lo único que le queda a éstos es acampar en condiciones precarias y bajo una intensa presión física y psicológica. Mientras tanto, como en un purgatorio, deben esperar la regularización de sus papeles para poder transitar por el país. Se encuentran así en un limbo legal al que, con suerte, seguirá un infierno de trámites. Y todo por una razón: lograr huir del terror neoliberal.
Sin embargo, la violenta política migratoria de México es justificada por amplios sectores de la población que la perciben, acaso, como “un mal necesario”…

Para comprender este fenómeno en su dimensión política y encontrar salidas al mismo es necesario, antes que nada, dejar atrás todo lugar común y todo prejuicio. Es preciso comprender que es la dinámica global neoliberal la que está generando, por un lado, las migraciones en masa (la expulsión de trabajadores por la violencia instalada en sus países por las trasnacionales) y, por otro, las “islas de bienestar” (los territorios prístinos que buscan mantenerse libres de migrantes, como EUA).
Dichos fenómenos son producto de la violencia ejercida históricamente por las potencias capitalistas contra los países periféricos, para cuyo proyecto colonizador (y neocolonizador) ha sido crucial la producción de violencia vía, entre otras cosas, la exacerbación del racismo. Es este código el que ha servido, desde el siglo XV hasta hoy, para cultivar un terreno de relaciones sociales conflictivas propicio para ejercer el saqueo, la explotación y la dominación. Y aunque en la actualidad el racismo intente camuflarse con ideales fetiche como la supuesta tolerancia multicultural, en los hechos este proceso global contradictorio no produce sino oleadas incesantes de racismo que decantan irremediablemente en la fastuosa crisis civilizatoria por la que atravesamos.
Por todo esto, y parafraseando a Walter Benjamin, no hay nada menos filosófico que pensar que “en pleno siglo XXI” el racismo no debería existir. En realidad no hay nada más consecuente con nuestra época histórica que la exacerbación de actitudes racistas, xenófobas o machistas. Es así que quienes hoy insisten en mantener este sistema de dominación no tienen problema con quitarse la careta y ser abiertamente racistas. El ambiente de odio que generan es propicio para llevar la lucha de clases a un límite donde se desaten, a decir de Carlos Fazio, todo tipo de guerras: convencionales, atómicas, frías, encubiertas o de cuarta generación; una violencia de inéditas formas bélicas que es esencial para la supervivencia del neoliberalismo y a la que hay que sumar la guerra de pobres contra pobres incitada por códigos como el racismo, todo lo cual apunta a ser clave para la imposición (o el intento de imposición) de un nuevo sistema de dominación.
¡Viva México...! Pero también la Patria Grande
Quizá una de las más graves consecuencias de esta crisis para la lucha popular sea la fragmentación del tejido social. Porque, siguiendo a Hirsch, este proceso hace que resulte cada vez más difícil establecer los principios fundamentales de la constitución social, basamento sin el cual es difícil pensar en la sustitución del neoliberalismo por otro sistema político.
México se encuentra atravesado por esta problemática como muchos otros países, sólo que con la particularidad de ser el puente a aquel país al que todos los migrantes quieren llegar. Así que encontrar salidas políticas es todo menos una tarea fácil. Pero si bien ser un “tercer país seguro” no es una opción (por el talante de sometimiento a las potencias que dicho estatuto implica), a lo que la política migratoria parece apuntar es a que México se convierta en una relativa “isla de bienestar” a la vez que en un ancho muro al servicio de EUA. Y eso es inaceptable desde una perspectiva política que busque la emancipación de nuestros pueblos.
Por ello debemos oponernos a la represión, contención y expulsión de nuestros hermanos migrantes abanderando, en primer lugar, una lucha por nuestra identidad latinoamericana, esto es: la reivindicación de la Patria Grande, la impugnación de las fronteras imaginarias y la lucha contra los nacionalismos impuestos. Además, debemos profundizar el proceso de democratización en el país mientras rechazamos las políticas de terror estadounidenses en la región que están promoviendo y exacerbando la guerra racial, étnica y cultural.
Porque la solidaridad es la ternura de los pueblos.
*Imágenes: 1) CNN; 2) Newsweek
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