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Laberintos del Fascismo. Capítulo 1 Definición de fascismo.

  • João Bernardo (Traducción por César Ortega)
  • 22 ene 2019
  • 23 Min. de lectura

El sueño de la razón produce monstruos

-Francisco de Goya.

  1. Revuelta dentro del orden.

Durante un curso que impartí en 1994 en la UNICAMP (Universidad Estatal de Campinas, São Paulo), uno de los estudiantes me pidió que definiera el fascismo en tres palabras. “¿Literalmente, en tres palabras?” “Sí, en tres.” El curso versaba sobre la tensión existente entre la cohesión social del capitalismo y su ruptura: las contradicciones de una cohesión social asentada en la explotación; los movimientos de ruptura y la constitución de nuevos principios de organización de la sociedad; los límites con que estas nuevas formas de organización se han deparado hasta ahora y su recuperación por las clases dominantes, que reestructuran así la cohesión social. Definí entonces el fascismo, en tres palabras, como la revuelta en el interior de la cohesión, llamando la atención para su ambivalencia, al mismo tiempo radical y conservador.


El fascismo fue una revuelta dentro del orden. "La revolución, cuando es bien hecha", escribió José Antonio Primo de Rivera, "tiene como característica formal 'el orden'". [1] Ya en 1914 Wyndham Lewis y Ezra Pound, que en Londres se contaron entre los primeros en generar lo que en breve sería el fascismo, habían anunciado en la apertura del primer manifiesto del vorticismo: “Más allá de la Acción y de la Reacción nos habremos de situar” [2]. Y en tanto Hitler se presentaba como “el revolucionario más conservador del mundo” [3], Ernst von Salomon, situado en un área rival del fascismo alemán, depositaba las esperanzas "en una renovación de la idea de Estado, que sería revolucionaria en los métodos, pero conservadora en su naturaleza"[4]. A una inspiración semejante obedecía Corradini al saludar al fascismo italiano como "una revolución que se efectúa en el interior del orden establecido"[5]. Alfredo Rocco, ministro de Justicia de Mussolini, defendió una idea semejante, escribiendo que “la revolución se volvió –permítanme la antítesis—conservadora” [6]. El fascismo movilizó a los trabajadores para efectuar una revolución capitalista contra la burguesía o, tal vez más exactamente, a pesar de la burguesía. Una paradoja tan grande explica que el sentido del proceso se invirtiera en consonancia con las preferencias del orador o las expectativas del auditorio, y la mismísima revolución, que con el tiempo se había tornado conservadora podía volverse revolucionaria. Así, en un discurso conmemorativo del segundo aniversario de la Marcha sobre Roma, después de evocar “dos años de gobierno que apuntaron a una reorganización esencialmente conservadora”, el filósofo del fascismo italiano, Giovanni Gentile, previno que, para resolver los problemas “en sus términos fundamentales”, “será necesario realizar una revolución” [7]. Con su habitual desenvoltura, Mussolini proclamó en marzo de 1921: "Nosotros nos damos el lujo de ser aristócratas y demócratas, conservadores y progresistas, reaccionarios y revolucionarios"[8]. También Salazar, cuando aún era ministro de las finanzas y apenas había comenzado a implantar en Portugal su peculiar versión del fascismo, advirtió a un periodista que "es necesario hacer en este país una gran revolución dentro del orden para evitar la que otros fatalmente harían de forma desordenada"[9], lo que ayuda a comprender que Pequito Rebelo, uno de los ideólogos del Integralismo Lusitano, invocara en un mismo aliento y en mayúsculas “la Revolución Nacional” y la “Contrarrevolución” [10], Aprendida la lección salazarista, Benoist-Méchin resumió el objetivo principal de los fascistas conservadores de Vichy diciendo que “en vez de esperar que el pueblo impusiera su revolución al gobierno, era necesario que el gobierno se anticipara e impusiera su revolución al pueblo [11], Viniendo después de todos los demás, en la cola del cortejo, el coronel Perón habría de declarar en agosto de 1945: “Si no somos nosotros los que hagamos la revolución pacífica, ha de ser el pueblo el que haga la revolución violenta” [12], Más tarde, ya general, censuró a la oligarquía conservadora de su país por no haber entendido una verdad fundamental: “Lo que había de verdaderamente conservador era precisamente ser revolucionario” [13]. Y ahora, en estos días que vivimos, Eduard Limonov, jefe del fascismo radical ruso, después de afirmar que “sólo lo paradójico es verdadero”, anunció: “Nuestra ideología es paradójica, combinando dentro de sí el conservadurismo y la revolución… [14], Podría ciertamente prolongar la lista hasta incluir una centena de citas, pero mi intención es tan sólo proporcionar algunos de los principales puntos de cristalización terminológica indicativos de los entrecruces prácticos en que el fascismo se instituyó como una revuelta dentro del orden.


El orden es el Estado. Mucho más que un conjunto de instituciones funcionando como aparato al servicio de los poderosos, el Estado es un principio de organización general de las instituciones. Si Engels, en un pasaje célebre, afirmó que el Estado tiene origen en la sociedad y al mismo tiempo se coloca por encima de la sociedad, es necesario que no cedamos a la ilusión y veamos al Estado, no donde proyecta su imagen refractada, sino donde en verdad se sitúa. Contrariamente a lo que sucedió en varios imperios de la Antigüedad y de cierto modo también en el régimen señorial, en que la clase dominante cobraba el tributo a una población que en gran parte vivía y producía obedeciendo a estructuras propias, en el capitalismo la clase explotada no se limita a sustentar el peso de los explotadores, sino que recibe de ellos el cuadro y las modalidades en que se organiza. El Estado capitalista no es tan sólo una plataforma que las clases dominantes usan para constituirse internamente ni un simple instrumento de opresión de los trabajadores explotados. En la sociedad actual, una clase domina en la medida en que dicta la organización interna de la clase dominada. Principio de auto-organización de las clases capitalistas, el Estado es al mismo tiempo el principio de la hetero-organización de la clase trabajadora.


Este abordaje de la esfera política en términos de hetero-organización y auto-organización se inserta en el mismo complejo de conceptos que incluyen la alienación y la plusvalía, concebidas en tanto modalidades de escisión interna. El concepto de alienación es una herramienta crítica, recuperada por los campos filosófico, antropológico y psicológico, capaz de mostrar que la clase trabajadora y los trabajadores individualmente considerados generan formas culturales y mentales que, al mismo tiempo que les sirven para expresarse, les son hostiles. Transportada hacia el plano económico, la alienación se desdobla en la plusvalía y desvela el exclusivismo en la atribución del control social, el crecimiento de la riqueza y la desigualdad en la distribución de los bienes. Al transferir estos términos para el dominio político, concluyo que la noción de hetero-organización caracteriza la situación de quien se encuentra alienado culturalmente y explotado económicamente.


La extorsión de la plusvalía resulta de la escisión operada en el interior del proceso productivo, concebido en tanto desarrollo del tiempo de trabajo. Este proceso divide la sociedad en clases antagónicas y precipita de un lado a aquellos cuyo tiempo de trabajo es controlado por otros, y en el lado opuesto, a aquellos que detentan el control de su propio tiempo de trabajo y el tiempo de trabajo ajeno. Es en función de la producción y de la exploración de la plusvalía que se deben definir las clases sociales en el capitalismo. En este plano, y sólo en este plano, ellas tienen una existencia permanente y son la raíz de todas las manifestaciones sociales. Aquéllos que no controlan su propio tiempo de trabajo y a quienes les es, por ello, extorsionada la plusvalía, constituyen la clase trabajadora. Y las diferentes formas en que el proceso de trabajo es controlado y dirigido determinan las modalidades de apropiación inicial de la plusvalía y por esta vía la inclusión de los capitalistas en dos grandes clases sociales. La dirección individualizada del proceso de trabajo y la apropiación de la plusvalía gracias al derecho de propiedad particular caracterizan a la clase burguesa, en tanto que la clase de los gestores controla los procesos de trabajo de manera colectiva y su derecho a la apropiación de la plusvalía tiene origen en el estatus y se debe a la cooptación en el ámbito de los organismos dirigentes.


Este nivel de la existencia de las clases sociales es fundamental para analizar el funcionamiento de la economía y para que puedan preverse los trazos generales de la evolución económica. En lo que se refiere a la producción y a la apropiación de la plusvalía, las clases se forman, se reorganizan y se reconstituyen incesantemente, y sus efectos son siempre observables, cualesquiera que sean las ilusiones que las personas puedan tener acerca de la clase en la que se insertan o incluso al respecto de la división de la sociedad en clases. Por otra parte, además de ser una entidad económica, cada clase comienza a asumir también una realidad sociológica cuando sus miembros toman conciencia de la posición social que ocupan, adoptando entonces algunas formas de vida comunes y ostentando ciertos trazos culturales que se destinan a proclamar su inserción en esa clase y al mismo tiempo su distinción relativa frente a las demás clases. Los conceptos en sí y para sí esclarecen tal transformación. El refuerzo de su posición práctica en las luchas sociales permite que una clase definida en sí, en el plano económico de la producción y de la apropiación de la plusvalía, adquiera identidad cultural y política y asuma una realidad sociológica para sí, convirtiéndose en una clase frente a sus propios miembros y frente a los miembros de las otras clases. A largo plazo, en los movimientos amplios y más profundos, la lucha de clases consiste en la oscilación de la clase trabajadora entre las fases de la disolución de su existencia para sí y las fases en que, después de una reorganización interna más o menos dilatada, presenta nuevos tipos de existencia para sí. En las rupturas revolucionarias la clase trabajadora surge con una enorme cohesión política interna y una conciencia fuerte de su identidad sociológica y cultural, mientras que la burguesía y los gestores se muestran internamente divididos e inseguros en cuanto a los patrones culturales y políticos que deben seguir. De forma recíproca, durante sus largos periodos de apatía, la clase trabajadora se limita a una existencia económica y, dejando de tener referencias políticas y culturales propias, sus miembros procuran --en vano-- imitar formas de comportamiento de los miembros de las clases dominantes.


En esta dialéctica ininterrumpida los trabajadores no llevan una vida única, sino dos vidas. Esto explica la diferencia fundamental entre la cultura proletaria, con todas las ambigüedades históricas que la han caracterizado, y la cultura de los capitalistas, que por comparación parece casi desprovistas de equívocos. Al mismo tiempo que se insertan en el capital y lo hacen funcionar, los trabajadores entran en choque con él, y esta dualidad es tan sistemática que los administradores de empresa, situados en el centro de los antagonismos sociales, saben que gestionar la actividad productiva consiste, por encima de todo, en administrar conflictos. Muchas veces la insatisfacción de los trabajadores no rebasa los límites de la iniciativa individual, e incluso la movilización conjunta de un buen número de personas se manifiesta en gran parte de los casos de manera pasiva, siendo que toda la conducción del proceso es entregada a dirigentes políticos o sindicales. Mientras los trabajadores circunscriban los movimientos de lucha al cuadro de las burocracias ya existentes, o cuando permitan que las luchas se burocraticen, no conseguirán asumir el control de sus formas de organización. En este caso, los trabajadores continúan hetero-organizados y su existencia en cuanto clase en el plano económico no se manifiesta en el plano sociológico. Por eso, en vez de romper con el Estado, ellos lo reproducen en nuevas modalidades.

Sólo cuando los trabajadores, además de movilizarse colectivamente, ponen a discusión los principios de organización hegemónicos y crean modelos nuevos derivados del propio contexto de lucha y reflejando las necesidades ahí sentidas, sólo en este caso podemos decir que ellos combaten activamente el capital, porque comienzan entonces a auto-organizarse, rompiendo con el estado capitalista y tejiendo en otro plano sus relaciones de solidaridad.


¿Y cuándo una mayoría de trabajadores se deja mover y conducir tantas veces en episodios de increíble violencia para restablecer el capitalismo en una nueva modalidad, y en este proceso se confronta con una minoría de trabajadores auto-organizados, deseosos de oponerse a todas las formas del capital, y contribuye para derrotarlos y liquidarlos? Fue esto mismo el fascismo, sustentado en una convulsión interna de la clase trabajadora, que lanzó una de sus vidas contra la otra, tal como alguien afectado por ciertas psicosis, se contorsiona y agrede a sí misma, y en este exacerbamiento de su contradicción interna, los trabajadores agravaron la hetero-organización que los victimaba. El trabajador fascista se caracterizó por poseer un profundo odio a los ricos, aliado a una lamentable estrecheza de horizontes, que le impedía insertarse en las redes de solidaridad de su clase y de ascender a una comprensión del proceso histórico. Un anarquista de extrema derecha, que fue uno de los mejores escritores del fascismo, sino el mejor [15], pretendió, en un libro abyecto, que "la conciencia de clase es una patraña, una demagógica convención. Lo que cada obrero quiere es salir de la clase obrera, volverse burgués lo más individualmente posible, lo más deprisa posible, con todos los privilegios"[16]. Por eso él mismo afirmó en 1935 que “el proletario es un burgués que no fue exitoso [17], Siempre que la hostilidad a los ricos no es acompañada por cualquier sentimiento de clase, el fascismo no anda lejos. [18].


Las masas populares asientan su existencia, en cuanto masas, en la desorganización de la clase trabajadora. La pérdida de la conciencia sociológica de la clase trabajadora y su reducción a una entidad meramente económica es caracterizada en el plano político por una conversión de la clase en masas. Fue éste uno de los objetivos básicos del fascismo. La revolución, entendida como destrucción del orden capitalista y su sustitución o tentativa de sustitución por otro sistema, es llevada a cabo por la clase trabajadora. Pero la revuelta en el interior del orden se debió a las masas populares. Los horizontes estrechos que confinan a cada elemento de las masas y le impiden imaginar otra cosa, además de la posibilidad de ascensión en el interior de la jerarquía vigente, se deben a la fragmentación de la clase, con el consecuente aislamiento recíproco de sus miembros. Como masas, los trabajadores disponen apenas de la individualidad que les fue forjada por el capitalismo, mientras que en la “clase” cada trabajador encuentra su proyección histórica, y en los vínculos estructurantes de la clase constituidos por los mecanismos de solidaridad los trabajadores encuentran una razón de ser opuesta a la del capitalismo. Si cada trabajador vive simultáneamente dos vidas, una que lo inserta en el capital y otra en la que manifiesta su descontento, esto significa que cada trabajador oscila entre las masas y la clase. Es a partir de aquí que podemos analizar las formas específicas de organización que los fascistas implantaron en sus milicias, en sus partidos y en sus sindicatos, en que la ausencia de cualquier capacidad de iniciativa de la base correspondía a su fragmentación y a su reducción a los individuos, asegurando la fortaleza, sin posibilidad de contestación, de las jerarquías. Del mismo modo, en los festivales y desfiles que desempeñaron un papel tan grande en el ejercicio fascista de la política, cada individuo no era más que una figura, un espejo del modelo general, multiplicando a todos ellos hasta el infinito esa imagen singular, mientras que la coreografía del conjunto se disponía en función de la figura central y exclusiva del jefe. Éste fue uno de los aspectos en que el fascismo estuvo más próximo de los liberales que de los conservadores. En efecto, para los conservadores, el pueblo constituye una totalidad orgánica, irreductible a la suma de individualidades equivalentes que forma la masa. Además, esta noción de totalidad social orgánica inspiró la noción de clase de Marx, que la desplazó de la globalidad del pueblo para una de sus fracciones. Derivada de presupuestos muy diferentes, el modelo liberal del ciudadano --el individuo consumidor de la economía o el individuo elector de la política-- presidió a la noción fascista de masas.


El objetivo del trabajador fascista no era sustituir la sociedad capitalista por una sociedad basada en otros principios, lo que sería posible tan sólo a través del desarrollo de la solidaridad de clase. El trabajador fascista deseaba simplemente ascender en el interior de las estructuras existentes, desalojar a los antiguos patrones y convertirse él mismo en patrón o, si no lo consiguiera, por lo menos tener junto con otros como él, en las milicias de revoltosos, la ilusión del poder, reducido a la brutalidad de la fuerza física. Un deseo de ascenso que no cuestionaba el fundamento de las estructuras prevalecientes era una revuelta dentro del orden, y esta conjugación entre la estrechez de horizontes y los sueños de grandeza, explica la miseria grandilocuente de la cultura fascista, los ropajes megalómanos y los accesorios de teatro con que se adornaron los lugares comunes más banales. "La banalidad es la contrarrevolución", definió en alguna ocasión el escritor Isaac Babel en la joven Rusia soviética [19] y, años más tarde, en Alemania en las vísperas del triunfo del nacionalsocialismo, Thomas Mann previó, en una tumultuosa conferencia, que "ya no se yerguen obstáculos en el camino hacia la vulgaridad" [20].


El mundo contemporáneo se sustenta en una tensión permanente entre la esfera del Estado, que corresponde para los trabajadores a las formas de hetero-organización que reproduce y hace crecer en volumen al capital, y la esfera de la auto organización de los trabajadores, en que se procesan las luchas colectivas y activas contra el capital y donde existe en germen el modelo de una sociedad diferente y de un nuevo modo de producción. Estas dos vidas de los trabajadores suponen los principios antagónicos de dos totalidades opuestas, una asentada en la desigualdad y en la explotación, y otra donde se reproducen y amplifican los vínculos de solidaridad, de igualitarismo y de espíritu colectivo que presiden a las manifestaciones de lucha más avanzadas. Aquéllo que el lenguaje corriente denomina “conquistas de los trabajadores” no ocurren en la esfera del Estado ni se preservan mediante la creación de nuevas instituciones burocráticas, que se suman a las muchas más de que el Estado dispone. Hubo una época en que en algunos países un cierto liberalismo pareció ofrecer el antídoto eficaz a la invasión de todos los aspectos de la vida por el capitalismo. Pero se trataba del liberalismo de aristócratas en declive, de artesanos, de pequeños comerciantes y campesinos independientes, herencia de formas arcaicas y de relaciones sociales del antiguo régimen. Sólo por una ilusión comprensible, pero funesta, los trabajadores buscaron protegerse de la explotación invocando valores que estaban condenados debido a su carácter obsoleto.


Los avances de los trabajadores se verifican únicamente en la esfera ajena al estado y son sinónimo de auto-organización. El Estado no constituye un terreno neutro, no es una arena donde explotadores y explotados puedan medir fuerzas y definir espacios, sumando avances y retrocesos y trazando demarcaciones, ni una balanza que a cada instante ajuste los equilibrios entre el capital y el trabajo. La lucha entre ambos consiste en el antagonismo fundamental --e inconciliable-- entre la hetero-organización de los trabajadores y su auto-organización, entre la reducción de los trabajadores a una existencia económica y la adquisición de una identidad sociológica. Ninguna institución puede conjugar de manera duradera la subordinación de los trabajadores a las formas de encuadramiento capitalistas y la invención por los trabajadores de otras modalidades de organización, en el interior de las cuales el capital no se reproduzca. La lucha, declarada o latente, es el modo de articular ambas esferas institucionales. El trabajador lleva dos vidas y jamás puede integrarlas en un comportamiento único.

En las épocas en que los trabajadores detentan la iniciativa, el crecimiento de las formas de organización colectiva y activa implican una crisis del capital, que ve comprometida sus posibilidades de reproducción. En último análisis, son los criterios de organización los que deciden el destino de estas confrontaciones. Triunfa la clase que alcanza un grado superior de coherencia interna y, a pesar de los intereses contradictorios que los dividen y de la competencia en la que se enfrentan, los capitalistas se han revelado cada vez más estrechamente unidos por la concentración económica, desarrollada hoy en el plano trasnacional. Por su lado, los trabajadores, aunque con frecuencia consigan poner a un lado la competencia que los separa en el mercado de trabajo, sólo muy raramente dieron muestras de sobrepasar las distinciones de nacionalidad, de lengua, de religión, de sexo, del propio color de piel, de tradiciones culturales, que hoy proliferan en incontables identidades. Esta incapacidad ha sido la causa última que compromete el progreso de la esfera de la auto-organización y que restablece la hetero-organización en modalidades siempre más avasalladoras. El vaivén entre aquellos dos principios organizativos define los ciclos largos de la reproducción del capital. En las confrontaciones sociales, sin embargo, las instituciones no se extinguen bruscamente, se transforman y acaban por asumir una realidad contraria a aquella que había presidido su nacimiento. Cada vez la esfera del Estado ha conseguido asimilar y recuperar en su beneficio instituciones creadas en la esfera de la auto- organización de los trabajadores, durante las fases en que éstos se habían mostrado colectivamente capaces de iniciativa propia. El pasaje de una esfera hacia otra corresponde a una burocratización de esas instituciones y consiste en la inversión de su funcionamiento y de sus objetivos sociales. La historia del movimiento obrero ha sido hecha de inspiraciones emancipadoras que, apenas comenzaron a ser realizadas, se depararon con los obstáculos erguidos a la generalización de la lucha, se desgastaron y degeneraron, para ser reconvertidos por el capitalismo en nuevos cuadros de opresión y de valorización del capital. Desde la reivindicación de la igualdad jurídica y el reconocimiento del derecho de asociación en el mercado de trabajo, desde las cooperativas y otras formas de solidaridad, pasando por el sufragio universal, la instrucción para todos y la colectivización de la propiedad, hasta las más recientes manifestaciones prácticas de autonomía y de capacidad para gestionar directamente la producción y la vida social, todos estos grandes temas de la emancipación de los trabajadores y del fin de la explotación, después de ver un comienzo de realización en cuanto modalidades de auto-organización, fueron absorbidos por el capitalismo, qué les dio un carácter de hetero-organización y los transformó en un sustentáculo, o tentáculo, del Estado. Los capitalistas no son explotadores tan sólo en el plano económico sino en la plena dimensión histórica, ya que se esfuerzan por adaptar a su imagen cualesquiera instituciones que comiencen por manifestarse en sentido contrario. La historia de la lucha de clases en el capitalismo consiste en la miríada de vías y modalidades que permiten el pasaje de la auto-organización para su opuesto, la hetero-organización.


Aunque, para que este proceso sea eficaz, tiene que alterar --o mejor, adulterar-- la sustancia de las instituciones, mientras les conserva la apariencia, dando otra elasticidad a la dicotomía entre forma y contenido. Durante algún tiempo se oculta la transformación del contenido a través de la continuidad mistificadora de la forma, erigiéndose la forma en criterio decisivo. ¿Pero no es éste el lugar del arte? En el arte, la forma es el verdadero contenido, o antes bien, el contenido es cada espectador, que siente e interpreta el objeto artístico exclusivamente en cuanto forma, para en él proyectar su experiencia propia y sus expectativas. Si pretendemos aplicarle un criterio objetivo, el arte es ambiguo, sólo alcanzando rigor en la dimensión subjetiva, en relación con cada espectador en cada instante. Por eso el lenguaje, vehículo del arte, es equívoco. La comunicación nunca es una relación directa entre personas, si no siempre una relación mediada por el lenguaje y, por lo tanto, por la forma artística. La comunicación no presupone la univocidad, pero exige su contrario, la ambigüedad, de modo que una identidad formal sustenta la ficción de las apariencias y permite la coexistencia de realidades antagónicas y la conversión de las instituciones en su opuesto.


El proceso de recuperación institucional que ha asegurado al capitalismo no sólo la sobrevivencia sino una colosal expansión se opera en los términos de la actividad artística. Al abandonar la esfera de la auto-organización y al asumir nueva realidad en la esfera de la hetero-organización, una institución mantiene su nombre y es esta persistencia formal la que, ocultando la degeneración bajo un velo de continuidad, le garantiza la eficacia práctica. "Nunca se debe comenzar por la derecha", observó un sagaz político francés, Pierre Laval, ya maduro y experimentado --pero podrían haber sido también Aristide Briand o tantos otros-- aconsejando a un joven colega que se había lanzado como candidato al parlamento en una lista de derecha. "Debe comenzarse por la izquierda más extrema y progresar después para la derecha, lentamente" [21]. Refiriéndose a Mussolini y a sus seguidores, Giuseppe Bottai llegó a igual conclusión, pero a través de un recorrido inverso, afirmando frente a la Cámara de Diputados, en diciembre de 1929, que los ambiciosos comienzan revolucionarios y los mejores se vuelven con el tiempo aún más revolucionarios, Aunque la opinión pública pueda juzgar lo contrario, porque los ve abandonar los métodos de intervención convencionales [22]. Entre la fórmula del político francés y la del italiano hay toda la diferencia que separa a las democracias parlamentarias del fascismo. Pero ellas tienen en común lo fundamental, la necesidad de recuperar los temas y los métodos de la revolución y usarlos para fines opuestos. El pasaje continuo de personas del campo de la revolución para el campo del orden se explica porque las palabras no existen de forma desencarnada y tienen que ser proferidas. Los saltimbanquis de la política son emisores de discursos, y a ésto se reduce su función. Denominar de la misma manera instituciones que adquirieron una realidad social antagónica y atribuir a una institución una función opuesta a la originaria son operaciones que tan sólo se pueden entender y definir con los utensilios conceptuales de la estética. En su proceso histórico, la lucha de clases, en cuanto tensión permanente entre la esfera de la hetero-organización y la esfera de la auto-organización, constituye la suprema actividad artística y sustenta todas las modalidades específicas del arte.


En estos términos, el fascismo se define como la más ambigua de las formas políticas y por lo tanto, como la más artística de todas ellas. El fascismo no se limitó a desnaturalizar instituciones creadas por las luchas colectivas y activas y a transferirlas para la esfera del Estado, sino que transportó para el cuadro genérico de la opresión el propio tema de la revolución. La revuelta en el interior de la cohesión social presuponía que se hubiera llevado a un punto extremo la disolución de cualesquiera formas de auto-organización, pero si los medios clásicos de la política burguesa se revelaban insuficientes para completar la recuperación de las instituciones que los trabajadores habían creado en su ámbito propio, entonces surgían los fascistas. En noviembre de 1921, en un discurso en Roma en el congreso que transformó su movimiento en Partido Nacional fascista, Mussolini colocó las alternativas con claridad: "estaremos con el Estado y a favor del Estado siempre que se muestre un guardia intransigente, un defensor y un propagandista de las tradiciones nacionales; sustituiremos al Estado, si éste se revela incapaz de enfrentar y combatir las causas y los elementos de desagregación interna de los principios de la solidaridad nacional; nos movilizamos contra el Estado si llegara a caer en las manos de quien amenaza la vida del país y atenta contra ella" [23]. Y como un eco, proclamó en julio de 1922 el antiguo sindicalista revolucionario Michele Bianchi, ahora secretario general del PNF, y uno de sus dirigentes más poderosos: "estamos con el Estado y al lado del Estado cuando éste es capaz de imponerse, pero cuando es incapaz, entonces la propia lógica de las cosas hace necesario que nosotros sustituyamos al Estado" [24].


Aún más, para que aquella estrategia pudiera completarse en la práctica era indispensable encubrir ideológicamente la renovada opresión con la referencia a las palabras emancipadoras. "No sólo el fascismo se apodera de eslogans [...] Sino que, en sus modalidades más radicales, todos sus procesos de pensamiento sufren, consciente o inconscientemente, la influencia del campo revolucionario", escribió un estudioso muy perspicaz, concluyendo que "el fascismo se enmascara frecuentemente con la imagen de sus enemigos" [25]. En esta perspectiva, la revuelta dentro del orden fue la sombra de la lucha anticapitalista proyectada en el ámbito del capital, la nostalgia de la auto-organización en los límites de la hetero- organización. Situada en la fase culminante de las paradojas, ninguna otra corriente política necesitó recurrir, tanto como el fascismo, a la magia del artista, y ninguna manipuló con tal maestría la versatilidad de las palabras. El fascismo no fue una política, en el sentido tradicional del término, sino una ficción política. En política "todo lo que parece es", proclamó Salazar [26]. El fascismo creó ficciones y las presentó como si fueran la única realidad y sólo así, en un nivel estrictamente vocabulario y estético, pudo ocurrir la revuelta en el interior de la cohesión social, que de otro modo habría sido un insustentable contrasentido. Recordando un pasado en el que ya no creía, Dionisio Ridruejo, que había sido uno de los más activos propagandistas del fascismo español, confesó con amarga ironía que él y sus correligionarios habían llamado "revolución" a una operación policiaca y la habían vivido espiritualmente como si lo fuera [27]. Menos lúcido, o tal vez más cínico, manteniéndose hasta el final de la vida apegado a sus convicciones, observó Georges Oltramare, un fascista suizo que había desempeñado un cierto papel en los bastidores, que "se puede ser rebelde siempre que no se ponga en causa el patrimonio sagrado, las verdades fundamentales" [28].


¿Conservadores en la práctica y radicales en el espíritu? Sin duda. Pero el espíritu se alimenta también, y las instituciones del fascismo tuvieron un radicalismo propio que cabe analizar.

Notas

(1) José Antonio en La Nación, 28 de Abril de 1934, reproducido en A. Río Cisneros et al. (orgs. 1945) 478.

(2) Este manifiesto se encuentra en A. Danchev (org. 2011) 76-80. La frase citada viene en la pág. 76.

(3) Citado en J.-P. Faye (1972) 68 y (1974) 28. Hitler, observó J. C. Fest (1974) 379, «tenía que presentarse simultáneamente como un revolucionario y como un defensor de la situación existente, al mismo tempo radical y moderado»; ver también la pág. 1301. «El fascismo es totalmente revolucionario», escribió en 1923 Karl Anton, príncipe de Rohan, apologista alemán del régimen de Mussolini y futuro miembro de las SS; «el fascismo es totalmente conservador». Citado en J. P. Faye (1972) 67. La participación del príncipe de Rohan en las SS fue indicada por id. Ibid.., 135 y id. (1980) 286. Que el enorme estudio de Jean Pierre Faye, una obra prima de la historiografía, sea unánimemente ignorada por los historiadores, revela la situación a la que hemos llegado.

(4) E. Salomon (1993) 618.

(5) Este pasaje de un artículo de Enrico Corradini, publicado en Gerarchia, Enero de 1925, viene citada en P. Milza (1999) 588. Y nueve años más tarde, Guido Bortolotto, historiador fascista del fascismo, explicó al público alemán que «el fascismo es una revolución conservadora». Ver J. P. Faye (1972) 68.

(6) Este pasaje de la introducción a un informe presentado por Alfredo Rocco a la Cámara de Diputados en Junio de 1925, pero publicado dos años más tarde, se encuentra citado en J. P. Faye (1972) 63. Ver igualmente id. (1976) I 291.

(7) Estas frases del discurso pronunciado por Giovanni Gentile el 28 de Octubre de 1924 se encuentran en id. (1972) 63.

(8) Citado en A. Lyttelton (1982) 71, P. C. Masini (1999) 69, J. Ploncard d’Assac (1971) 121 y C. T. Schmidt (1939) 73. Ver también M. D. Irish (1946) 88 y D. Sassoon (2012) 59. En un eco distante, Gioacchino Volpe, secretario general de la Academia de Italia, consideró que una de las funciones de esta institución era «representar y reconciliar el espíritu tanto de la revolución como del conservadurismo». Ver G. Volpe (1931) 166.

(9) Entrevista de Salazar al Novidades, 1 de Mayo de 1929, citada en J. Ameal (org. 1956) II 283 (subs. orig.) y F. Nogueira [1977-1985] II 36. En un artículo publicado en el Novidades, 13 de Abril de 1928, Salazar había escrito que «ciertas reformas que en nuestra sociedad el tiempo hizo fatales, conviene más que las hagan las derechas, en vez de que sean llamadas las izquierdas para llevarlas a cabo». Al mes siguiente, ya miembro del gobierno, Salazar repitió que «hay una importante revolución por hacer en Portugal [...] El problema del momento es saber si los que consideran necesaria e inevitable esa revolución prefieren apoyarnos, para que el Gobierno la haga en orden, o prefieren desinteresarse, para que el País la sufra en la anarquía». Ver João Ameal, op. cit., II 204 (subs. orig.) y 226.

(10) Estos gritos de Pequito Rebelo en A Cartilha do Lavrador se encuentran citados en J. M. Pais et al. (1976-1978) XIV 356.

(11) Citado en O. Dard (1998) 101 (subs. orig.).

(12) Este pasaje del discurso de Perón el 7 de Agosto de 1945 en el Colegio Militar se encuentra en R. Puiggrós (1988) 165.

(13) Citado en G. I. Blanksten (1953) 259.

(14) S. D. Shenfield (2001) 210.

(15) En una carta de 24 de Marzo de 1938, citada en A. Duraffour et al. (2017) 637, Céline mencionó «mi anarquismo fundamental», pero Annick Duraffour et al. pretendieron (págs. 637-638) que él no era anarquista en el sentido político sino tan sólo en sentido psicológico o (págs. 758-759) que se trataba de una mistificación. Sin embargo, tanto el anarco-sindicalismo de tipo italiano como el anarquismo individualista contribuyeron para la gestación del fascismo. El anarquismo individualista de Céline se hizo patente, por ejemplo, en una carta a Élie Faure, de 18 de Marzo de 1934, citada en id., ibid., 677, en la que escribió «Soy anarquista hasta los cabellos» para justificar su rechazo de entrar en algún gremio u organización.

(16) M.-A. Macciocchi (1976 b) I 253 y 255, clasificó a Céline como «el más genial escritor nazi-fascista» y «el mayor escritor fascista que hubo en Europa».

(17) L.-F. Céline (1942) 120. «Las víctimas del hambre por un lado, los burgueses por el otro, tienen, en el fondo, una única ambición», escribió también Céline. «Es todo estómago y compañía. Todo para la panza». Ver id. (1941) 65. Siguiendo el hábito, traduje «condenados de la Tierra» por «víctimas del hambre».

(18) Carta de Céline para Élie Faure, de 22 o 23 de Julho de 1935, citada en A. Duraffour et al. (2017) 677.

(19) Citado por Ernst Bloch en un artículo en Das Tagebuch, 12 de Abril de 1924, reproducido en A. Kaes et al. (orgs. 1995) 149. También M. Mann (2004) 280 destacó el papel de los fascismos como divulgadores de banalidades.

(20) La conferencia de Thomas Mann, Appell an die Vernunft (Un Llamado a la Razón), pronunciada en Octubre de 1930, se encuentra en la antología de A. Kaes et al. (orgs. 1995) 150-159. El pasaje citado viene en la pág. 154. Pienso que debe ser entendido en este contexto el célebre subtítulo de una obra de Hannah Arendt, La Banalidad del Mal. El origen de la frase, además, se encuentra en una carta que le envió Karl Jaspers, de creerle a W. Lepenies (2006) 192.

(21) Este consejo de Laval a Debû-Bridel se encuentra citado en E. Weber (1965 a) 112. Lo cierto es que a Debû-Bridel no le fue mal porque, aunque comenzó por militar en varias organizaciones fascistas, perteneció después al comando supremo de la Resistencia, fue senador en la Cuarta República y acabó como una de las figuras más destacadas del gaullismo de izquierda. Ver id. (1964) 134. Y así se concluye que para ir hacia la izquierda no es necesario abandonar la derecha.

(22) G. Bottai (1933) 69.

(23) Citado en G. Bortolotto (1938) 384.

(24) Citado en E. Santarelli (1981) I 303.

(25) M. Maruyama (1963) 165-166.

(26) Esta frase se encuentra en el discurso pronunciado por Salazar en ocasión de la toma de posesión de los nuevos dirigentes de la Unión Nacional, en 1938, y viene citada en J. Ameal (org. 1956) IV 222 y F. Nogueira [1977-1985] III 150. Del mismo modo, en 1933 afirmó que «políticamente, sólo existe lo que el público sabe que existe». Ver João Ameal, op. cit., III 263 y Franco Nogueira, op. cit., II 242.

(27) Citado por H. R. Southworth (1967) 13. Desde el comienzo de la guerra civil, Ridruejo fue un personaje central en la propaganda falangista y desde Febrero de 1938 hasta 1940 ocupó el cargo de director del Servicio Nacional de Propaganda del régimen franquista.

(28) G. Oltramare (1956) 10.

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