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El deporte como escenario de protesta social: otra semilla del 68

  • Katia Romero
  • 11 oct 2018
  • 3 Min. de lectura

El movimiento estudiantil del 68 fue un hito no solamente para la lucha por la democratización del país, por los derechos humanos y en tanto arrojaba una crítica abierta al estado de cosas, sino que también marcó francas rupturas en el desenvolvimiento de diversos ámbitos de la vida social y cultural del país, entre ellos uno que no es muy frecuentemente abordado: el deportivo.

El 68 fue un año de franca rebeldía juvenil que pugnaba por la democratización de sus gobiernos, por un alto a la discriminación y por la dignificación de la vida, evidenciando a nivel mundial la crisis de sociedades profundamente conservadoras, racistas, elitistas y clasistas. Así, además del movimiento estudiantil en México, vinieron el Mayo Francés, la Primavera de Praga, los asesinatos de Kennedy y Luther King, las Panteras Negras, el rechazo a la política “Australia Blanca”, el repudio a la guerra de Vietnam y el auge de figuras revolucionarias como El Che —asesinado tan sólo un año antes.

En este contexto es que se llevarían a cabo en México los Juegos Olímpicos: los primeros, por cierto, en ser realizados en un país latinoamericano, lo que resultaba fundamental para colocar en el centro de la escena política mundial al país como uno en desarrollo, atractivo para la inversión y listo para colaborar al lado de las grandes potencias mundiales. Es por ello que el gobierno mexicano no podía permitir que las protestas de “un puñado” de estudiantes lo arruinaran todo. Es por eso que decidió actuar con la única herramienta que un Estado autoritario y represor podía tener a la mano: la represión, el asesinato de cientos de jóvenes, estudiantes, mujeres, profesorxs y trabajadores aquella tarde del 2 de octubre en Tlatelolco.

El gobierno pensó que eso sería suficiente para acallar las voces inconformes, pero no sabía que sería el semillero de protesta más grande que la historia mexicana contemporánea pudo haber imaginado. Y no sólo ello: también pretendió que era suficiente para que por lo menos los Juegos Olímpicos pudiesen transcurrir con tranquilidad, pretendió que ocultando la matanza y acallando las voces críticas podría ser separada la política del gran evento deportivo; lo que muchos no saben a la fecha es que no fue precisamente así.

La más poderosa manifestación de protesta ocurrió el 16 de octubre de ese año, protagonizada por los corredores estadounidenses Tommie Smith y John Carlos. Habían ganado oro y bronce en los 200 metros planos, por lo que durante la ceremonia de premiación decidieron ir descalzos, portando calcetines, guantes y pañuelos negros en su cuello simbolizando el poder negro (black power) y la lucha por sus derechos civiles; alzaron el puño en alto al tiempo que sonaba el himno de su país. Éste hecho, que pretendía evidenciar la pobreza y la discriminación de sus hermanxs y su triunfo como uno de orgullosos atletas negros, provocó impacto en el público ―su mayoría conservador― que mostró rechazo. Sin embargo, en muchos otros fue motivo de apoyo, el cual sería mostrado días después por algunas figuras, como por ejemplo Wyomia Tyus, quien manifestó su solidaridad y pugnó por incluir a las mujeres a la lucha por los derechos civiles. A su vez, el australiano Peter Norman, quien compartía el pódium en 2º lugar con los estadounidenses, mostró su solidaridad portando un emblema del Proyecto Olímpico por los Derechos Humanos, repudiando además la política “Australia blanca” de su país. Las consecuencias para todos estos atletas fueron aterradoras: se les vio sumergidos en el exilio, la miseria y el repudio de la sociedad entera. Sin embargo, se trató de actos que marcaron hitos en el deporte, mostrando que no tenía por qué ser visto como un ámbito aislado de los conflictos sociales y políticos, sino que podía incluso ser utilizado como un espacio de manifestación y de protesta misma de la sociedad.

Todo ello no hubiese sido posible sin el movimiento estudiantil en México, que puso las condiciones políticas para que las grandes protestas que estallaban en otros países encontraran en los Juegos Olímpicos del 68 un espacio de expresión y denuncia política. Si bien todo ello ha intentado ser enterrado por todos los medios posibles, la historia nos muestra que lo único que han logrado enterrar son semillas de rebeldía que han emergido, logrando que esos atletas de alto rendimiento se conviertan en atletas de alto pensamiento y sentido crítico, capaces de dejar a un lado sus privilegios y gritar con todas sus fuerzas: ¡No queremos olimpiadas, queremos revolución!

¡No olvidamos ni perdonamos, luchamos!

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