La tierra y la sombra: inenarrable

By: Sandra Celis
05 de mayo de 2017.-
La tierra y la sombra, César Acevedo, Colombia, 2015
La tierra y la sombra es una de esas películas inenarrables e inexplicables. Los sentimientos que despierta sólo son posibles gracias al gran conjunto de elementos que forman la historia. Pero se va percibiendo su cometido cuando sabemos que retrata a una familia de cañeros colombianos, cuyo jefe de familia yace en cama, enfermo por respirar la caña quemada. De ahí en adelante, decir más podría banalizar tan hermosa y desgarradora película, pues bien podría etiquetarse sólo como el típico drama de una familia campesina pobre... Y no.
Quizás se base, por supuesto, en las condiciones de explotación en las que viven los cañeros: en su aislamiento del resto del mundo, en sus problemas cotidianos, en sus relaciones más íntimas. Pero lo que media todo ello, que podría sonar a cliché de película latinoamericana, es la sencillez de los detalles que la hacen tan profundamente conmovedora.
Es imposible no conmoverse al ver cómo madre e hija trabajan en la caña, y cómo lidian con el estallido de un paro laboral –no como “heroínas revolucionarias”, sino como frágiles seres humanos. Es imposible no conmoverse viendo a un abuelo lleno de amor por su nieto, que podría parecer no tener remordimiento alguno por lo que ha hecho, pero que además de regalarle juguetes con los pocos pesos en su bolsillo, le enseña a respetar a los pájaros a través de comprender a éstos por su propio lenguaje: el canto. Es imposible, pues, que una mirada a esta película no toque nuestras fibras más sensibles.
Y lo más bello es que ello se convierta en nuestra posibilidad de comprender –y no de juzgar– a los demás. Y ver que por encima de la pobreza, del abandono, del alcoholismo, del rencor… aún palpita el más grande amor.


