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Texto y fotografía por: Eduardo Zenteno

15 de Agosto, 2014.- Violencia, opresión y rezago son algunas de las cosas a las que miles de mujeres nos enfrentamos cotidianamente. La forma de vida que se ha erigido como único modelo posible bajo el capitalismo no da cabida a nada más que eso, y es lo que miles de mujeres encaramos cada día, sobreviviendo a duras penas. No sorprende entonces que suelan ser las amas de casa, las campesinas, las vendedoras, las oficinistas, las obreras y las estudiantes quienes encabezan los movimientos sociales que buscan cambiar esta situación, aunque a menudo se desconoce la magnitud que tiene su fuerza en estas luchas.


Ello sólo relumbra cuando se aborda la historia con un enfoque de género, intentando hallar a las mujeres detrás de las banderas, de las consignas y de los cambios reales. En el plano de las victorias políticas destaca, por supuesto, la obtención de los derechos al sufragio y al divorcio y, en algunos casos, al aborto, así como la inclusión al mercado laboral. Todo esto se ganó durante arduas luchas feministas durante todo el siglo XX. Sin embargo, estas conquistas no han sino superado un estadio anterior y no suponen, en lo absoluto, una victoria total.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El ejemplo de ello es claro en el caso del trabajo, pues si bien no está en entredicho la necesidad de garantizar la igualdad de condiciones en esta materia, lo cierto es que la inclusión de las mujeres al mercado laboral, en un sistema que se ha especializado en usar a las mujeres como su comodín, resulta algo muy lejano a la emancipación. Y es que no fue tanto una conquista como sí lo fue una necesidad del propio capitalismo, el cual necesitaba de la fuerza de trabajo del género femenino durante la Segunda Guerra Mundial para cubrir el déficit de ésta que había, no sólo porque los hombres estuvieran en el campo de batalla, sino porque la guerra insumía una gran cantidad de productos industriales que alguien debía producir [1]. Actualmente las mujeres no sólo procreamos a la fuerza de trabajo futura, sino que somos, además, objeto de una brutal jornada laboral que en ocasiones se extiende hasta las 20 horas de duración, una condición que enfrentan, por ejemplo, las mujeres que trabajan en la maquila de noche y cuidan a sus hijos de día. [2]

La estrategia a seguir


Cabe entonces no sólo reconocer lo valioso de la lucha feminista, sino el largo camino que falta por recorrer. Porque es claro que hay avances y retrocesos, como en cualquier lucha, y que lo último que necesitamos es sentirnos derrotadas o abrumadas. Por eso, parte de la estrategia consiste en mantener siempre la mirada fija en el enemigo, para saber lo que hará a continuación. A las clases dirigentes –que son ese enemigo– ya les hemos arrebatado ciertos derechos, pero es evidente que no ha sido suficiente, pues, aunque se nos venda un ideal de mujer al cual supuestamente hemos llegado y que nos debe dejar satisfechas, nosotras sabemos dónde estamos paradas en realidad: Estamos sobre un lodazal de incertidumbre laboral, de bajos salarios, de falta de apoyo a maternidad y de dobles y hasta triples jornadas laborales, si se cuenta la jornada en el hogar; sin contar la triple explotación que sufren, por ejemplo, las mujeres campesinas e indígenas como las del estado de Guerrero, que trabajan embarazadas o con sus hijos en el rebozo y que son presas, no sólo de la explotación y el machismo, sino también del racismo. 

 

Queda visto entonces que aquellas victorias de las luchadoras del siglo pasado han sido engullidas por la inagotable voracidad de la clase dominante. Hemos perdido lo poco que les arrebatamos, pues hoy en día la equidad que tanto pregonan no significa que habrá sanción hacia los responsables de que las mujeres oaxaqueñas alumbren a las puertas de hospitales cerrados o que dejarán de morir mujeres por abortar clandestinamente [3]. Antes al contrario, hay sanción para mujeres como Yakiri Rubio, la joven del barrio de Tepito a la que intentaron condenar por matar en defensa propia al hombre que iba a violarla.


Pero esto, como la oleada brutal de feminicidios en todo el país, no puede sino mantenernos en pie de lucha. Insistimos en que no debemos dejar de mirar al enemigo; debemos estudiar y formarnos para saber los próximos pasos que dará el capitalismo en su fase neoliberal y no conformarnos con las migajas que nos den las clases en el poder. También debemos tener el bagaje histórico que nos permita no volver a cometer los mismos errores, pues salta a la vista que las grandes conquistas que tuvo nuestro género se diluyeron en parte porque el feminismo no se sostuvo como un movimiento sólido y permanente, y más bien tuvo grandes rupturas al interior y divisionismos absurdos que nada abonaron y que en parte permitieron el retroceso que hemos sufrido. 

 

Sólo así, ampliando nuestra lucha y enlazándola con la de otros sectores, mientras levantamos programas en común, es que podremos evitar seguir siendo el comodín del capitalismo. La lucha es de género, pero también es por la vida misma, por mejores condiciones de trabajo, de educación y de existencia en general, para todas y para todos. 


Porque sólo así, codo a codo, podemos detener la oleada feminicida, pero también mejorar las condiciones inmediatas de vida de las mujeres más pobres, de las jóvenes estudiantes, de las indígenas y de las campesinas. Eso es lo que han hecho las mujeres de Atenco, de Cherán, de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca y del Frente Popular Francisco Villa Independiente. Ellas son nuestro ejemplo. 


Por ello, en la segunda parte de este artículo hacemos un recuento de su participación en estos movimientos sociales. Es un homenaje, pero también una forma de plasmar en la memoria una serie de luchas que, aunque como demanda principal han tenido la tierra, también incluyen… las rosas.

Referencias

 

La tierra, el pan y las rosas

1 parte

Por: Sandra Vanina Celis

Mural conmemorativo de las víctimas de feminicidio, en Tuxtla, Gutérrez. (Foto: Chiapas Paralelo)

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