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12 enero de 2016.- No sabemos bien las dimensiones de lo que Rosa Luxemburgo señalaba cuando decía “socialismo o barbarie”. Para nosotros esta barbarie se presenta en la avanzada de una dinámica de despojo de diversos bienes nacionales: 1) de aquellos que son producidos por los trabajadores, 2) como de esos que se ganan por medio de luchas, y 3) de los que se presentan en forma de recursos y territorios. Pero por otro lado, acudimos a una dinámica de violencia estatal en forma de despliegue de un control poblacional-territorial para garantizar este despojo: ya sea por vía de modificaciones al aparato jurídico que aseguran este movimiento, o por vía de desapariciones forzadas, secuestros y asesinatos. Su finalidad es impedir que pensemos lo impensable, que elaboremos lo mortífero para hacerlo significable, trasmisible, heredable y transformable, inscribiendo una memoria y construyendo una historia.

Así que la barbarie neoliberal tiene como finalidad desarrollar una vida social carente de sentido. Pero a pesar de que el mural de barbaridades del Estado neoliberal mexicano reduce los espacios de indignación y de lucha, parece que ha surgido una nueva generación de jóvenes, cuya participación política muestra fuertes tendencias hacia la radicalización. En virtud de su indignación, las desapariciones forzadas y el autoritarismo dejan de ser un absurdo y se convierten en un acontecimiento dotado de sentido. Su vocación política y sus ciclos de movilización le dan un sentido –un contrasentido- al sinsentido de la barbarie del Estado autoritario.

A pesar de esto, también es cierto que, por diversas razones, esos movimientos tienden a repetir el esquema del mito de Sísifo reactualizado por Albert Camus: a encenderse y a ser apagados sin dejar huella unos junto a otros, sin tocarse entre sí, sin transmitirse esas experiencias organizativas. En este sentido, creemos que ese descontento acumulado y manifestado de esta forma, tiene que potenciarse en diversos sentidos y escaños. En primer lugar, impulsando sus propias luchas locales; por ejemplo, por la educación pública y la democratización de sus universidades. También es necesario vincularse y contribuir con otros movimientos sociales ligados a la defensa del territorio, la construcción de autonomías y la exigencia por los derechos políticos más elementales. Sin embargo, en tercer lugar, es necesario constatar un tabú o lo que parece ser una  paradoja en el escenario de esta inédita crisis civilizatoria: cuando la alternativa socialista se hace más necesaria, no está en la orden del día. 

 

No obstante, esto no es una paradoja, ya que frente a esta dinámica de fuerzas políticas sumamente adversa, nuestra formación política se muestra como la constatación de una insuficiencia esencial en los diversos movimientos de izquierda anticapitalista. Si bien, parece claro que nuestra carencia es estructural, pero creemos que podríamos potenciar y avanzar en nuestro trabajo político si tuviera lugar un acontecimiento propiamente discursivo o que pertenece al terreno de la lucha ideológica, que ha adquirido una función relativamente esencial o ha concentrado en sí coyunturalmente una de las claves del avance en el potenciamiento de los movimientos de izquierda anticapitalista, es decir, la discusión de un saber político propio, crítico y liberado de las limitaciones impuestas por el discurso burgués dominante. Hablamos del discurso crítico de Marx.

Cuando hablamos de este discurso, referimos a un discurso que es como una sustancia que adquiere diferentes formas según la situación en que es invocado para fundamentar diferentes saberes o proyectos políticos (diferentes marxismos). En este sentido, puede señalarse a estos diferentes marxismos en dos grandes grupos. De una parte los que resultan de la elección-imposición que petrifica en una de sus varias formas o resultados a este proyecto desigual e inacabado; este es el grupo que lee textos sagrados y privados de todo conflicto. Pero de otra parte están los marxismos que toman como base una elección que respeta esa búsqueda inacabada de unificación, que conecta entre sí a los distintos esbozos espontáneos de identidad que hay en el propio Marx; de una adopción de sus planteamientos fundamentales en la medida en que pueden ser perfeccionados críticamente con el fin de construir un mismo sentido común de rebeldía múltiple frente a la historia capitalista.

Se trata de reivindicarnos marxistas críticos, porque el marxismo crítico vive de la muerte del discurso del poder. Vive de darnos las herramientas para avanzar respecto a las problemáticas específicas de nuestra correlación de fuerzas, abriendo nuevas discusiones para poder nuclear nuestros esfuerzos y avanzar en la construcción de un programa político en común. Sólo así nuestro decir resulta de una estrategia de contra-decir.

El marxismo del que hablamos no se reduce al terreno de la producción/consumo de nuevas significaciones. Porque cuando la crítica se intenta realizar en condiciones objetivas totalmente adversas, el significar neoliberal tiende a vencer, e incluso ni aun proponiéndoselo puede perder. Para nosotros, el discurso crítico de Marx no es un discurso que nos proporcione herramientas inmediatas para elaborar un análisis estrategista de la toma del poder o los medios de producción.  Más bien, con él podemos plantear panoramas que abren múltiples posibilidades de despliegue político, y que se procesan según las correlaciones de fuerza sociales. Panoramas que exigen la elaboración de nuevas investigaciones, en donde el discurso marxista tendrá que ser esa herramienta con la cual podamos llegar a la siguiente conclusión: la crítica debe realizarse en la organización, el compromiso político, la transformación de la vida cotidiana en una vida entregada a la militancia política –en la medida de las circunstancias, y la voluntad de construir alianzas organizativas para mantener un trabajo político mínimo frente a esas coyunturas de indignación.

 

El otro aspecto esencial de la actualidad del discurso de Marx tiene que ver con lo que podría llamarse el teorema central de El capital, es decir, la idea de que todos los conflictos de la sociedad contemporánea giran, con su especificidad irreductible, en torno a una contradicción elemental: valor-valor de uso; contradicción entre dos formas de existencia del proceso de reproducción social, en donde una –parasitaria pero dominante- es la forma tan vigente en la actualidad.

En última instancia, principalmente, esta es la contradicción subyacente en el neoliberalismo contemporáneo. Así, cuando estalla esta contradicción en un estadio elemental y se desarrolla profundamente hasta llegar a lo cotidiano, ello se nos presenta en forma de crisis -como la del día de hoy; es decir, crisis en referencia a la totalidad del proceso de reproducción de un sujeto social en una situación límite; una situación tal que el mantenimiento de la vida social se vuelve de alguna manera imposible. Cuando hablamos de crisis referimos al terreno político, económico, cultural, moral, cotidiano, etc. No obstante, en Marx, el aspecto económico es determinante, ya que las crisis de los otros órdenes pueden ser pseudorresueltas si el aspecto económico puede sostenerse aún.

En este sentido la única manera de revelar la verdad contradictoria de la socialidad en la que nos desarrollamos, y avanzar así en la potenciamiento de nuestro trabajo político, es la crítica; pues la crítica marxista nos proporciona ampliamente –aunque no de forma acabada- esas herramientas para develar el nivel y la especificidad de las crisis por las que atravesamos. De ahí que la crítica sea el discurso revolucionario propio de las crisis y el más conveniente para la militancia comprometida.

"El marxismo crítico vive de la muerte  del discurso del poder"

By: Enrique Sandoval

Actualidad del marxismo crítico

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